Archivo de la categoría: CONOCIMIENTO Y OPINIÓN.

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El conflicto como palanca. AUTOR: Manuel Pimentel

El conflicto es consustancial a la vida de las personas, de las empresas y de los países y tenemos que aprender a resolverlos, afrontarlos, sortearlos o evitarlos según sea su naturaleza, entidad y repercusión. Aunque la prudencia aconseja evitarlo en medida de lo posible, al final siempre terminan apareciendo en nuestro camino y debemos estar preparados para enfrentarnos a ellos. A medida que ascendamos, más complejos y difíciles serán los problemas y conflictos que debamos resolver. De alguna forma, son ellos los que marcan nuestro techo de competencia.

En esta severa época de crisis feroz los conflictos se multiplican con su carga de tensión y dolor. Sufrimos conflictos sociales, laborales, profesionales, empresariales, societarios y de cualquier naturaleza imaginable. Agotamos gran parte de nuestra energía en intentar superarlos y los maldecimos en silencio. Sin embargo, y como veremos a continuación, en muchas ocasiones, un conflicto bien planteado y resuelto puede liberar una gran energía que nos sirva como palanca para ascender, innovar y mejorar, o como catalizador de soluciones o enfoques que en otras circunstancias jamás hubiéramos sido capaces de imaginar o de poner en marcha.

En nuestra cultura el conflicto aparece rodeado de una fuerte carga negativa, como algo parecido a un castigo que hay que evitar a toda costa. En verdad, no es así. Es cierto que el conflicto genera tensión y dolor, pero también lo es que suele ser antesala de cambios y de soluciones creativas. Sin conflictos ni crisis, ni la sociedad ni las empresas avanzarían.  Fue Carlos Marx el primero que concedió al conflicto una influencia determinante. Su frase “el conflicto es el motor de la historia” otorgaba al conflicto un protagonismo muy superior al que las corrientes intelectuales occidentales le concedían. El funcionalismo consideraba al conflicto como algo negativo, como un fracaso a evitar. Por eso, se estudió poco en occidente hasta que la caída del Muro de Berlín y la desactivación de la extinta URSS permitieron recuperar bajo los escombros de la ideología marxista algunos de sus principios que nos permiten comprender mejor la dinámica histórica y social.

Muchas personas se bloquean ante el conflicto, mientras que otras lo afrontan con decisión. Todos hemos tenido que enfrentarnos con conflictos de diverso tipo a lo largo de nuestra vida y sabemos por experiencia que el haberlos superado nos permitió ascender un peldaño en nuestro camino. Tras el problema y conflicto de hoy puede esconderse la felicidad y la prosperidad del mañana. Por eso, cuando elaboramos la estrategia de resolución de conflictos tenemos que pensar también en el medio plazo, lo que nos concede más visión y altura para resolver satisfactoriamente el conflicto que afrontamos. La mirada de un tercero puede ayudarnos a conseguirlo.

Algunos conflictos encuentran solución fácil, otros pueden ser resueltos por las propias fuerzas mientras que muchos otros terminan en los tribunales. Existe otra vía, muy poco usada todavía en nuestro país pero muy frecuente en las economías más desarrolladas, que es el recurso a profesionales de la resolución de conflictos en el ámbito extrajudicial. La vía extrajudicial es una alternativa que puede conllevar rapidez y eficacia, un coste menor y la posibilidad de restañar heridas entre las partes.

La mediación y conciliación busca comprender los intereses contrapuestos de las partes, acercar posturas, imaginar escenarios de soluciones y proponer, en su caso, posibles acuerdos que permitan un acuerdo razonable y satisfactorio para las partes. Los mediadores y conciliadores profesionales son frecuentes en asuntos familiares y educativos, mientras que su uso en ámbito laboral es simplemente formal y testimonial y prácticamente inexistente en materia mercantil y societaria. No cabe duda que hay un extenso campo que desarrollar en estos campos de resolución extrajudicial de conflictos, beneficiosos para las partes y para el conjunto de la sociedad.

El arbitraje es una actividad algo más conocida – sobre todo en los ámbitos civil y mercantil -, en el que las partes se ponen de acuerdo en aceptar el veredicto en forma de laudo de un tercero. El arbitraje puede ser en derecho o en equidad, pero probablemente tenga más sentido y desarrollo el segundo. La última reforma laboral amplió las posibilidades de uso de los arbitrajes, por lo que es de esperar que a lo largo del próximo año también el uso al arbitraje en materia laboral se multiplique.

La actividad profesional enfocada hacia la resolución extrajudicial de conflictos aporta un alto valor a las partes y es ahora más necesaria que nunca.

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El valor del acuerdo. AUTOR: Manuel Pimentel

La exitosa mediación llevaba a cabo por Gregorio Tudela ha logrado desatascar, al menos con varios de sus colectivos, el gravísimo conflicto laboral que amenazaba la propia supervivencia de la compañía Iberia. Ya veremos que decisiones toma el colectivo de pilotos, pero no cabe duda que la compañía ha dado al menos un pasito adelante en su camino hacia la salvación, severamente amenazada por unos costos estructurales que le impiden competir en el cada día más exigente mercado aeronáutico.

Este ejemplo, como otros muchos con anterioridad, ponen sobre la mesa la bondad de la mediación como vía para solucionar conflictos. Sin embargo, nuestro uso de la mediación es aún muy escaso a pesar de que la simple comparación con lo que ocurre en otros países nos permite asegurar de que se trata de una fórmula de alta eficacia, sobre todo frente a las alternativas tradicionales. A diferencia de otros países más desarrollados como los EEUU, en España no estamos muy habituados a utilizar los diversos métodos de solución extrajudicial de conflictos. Como su propio nombre indica, estos métodos intentan evitar, o al menos, acortar y resolver, los pleitos judiciales. En inglés estos métodos se recogen bajo el acrónimo ADR (Alternative Dispute Resolution) y los más habituales son la mediación, la conciliación, al arbitraje, la negociación o la novedosa ley cooperativa.

La mediación es una fórmula muy útil para ayudar a solucionar problemas de una forma mucho menos dolorosa para las partes que el conflicto tradicional, y mucho más barata y rápida que los interminables pleitos en los que tradicionalmente derivan. La mediación supone una solución autocompositiva del conflicto – ya que son las propias partes las que tienen la decisión sobre un posible acuerdo -, mientras que el litigio tradicional implica una solución que un juez impone a las partes. El sector ADR tendrá un desarrollo cierto, aunque lento, en nuestro país., ya que los hábitos culturales tardan en modificarse mucho tiempo que los corpus legislativos.

La Ley 5/2012 de Mediación en los Ámbitos Civil y Mercantil pretende impulsar el uso de la mediación en los litigios civiles y mercantiles y, aunque algo se ha avanzado, la actividad mediadora es muy reducida. En España, inmersa desde tiempos inmemoriales en la cultura del litigio, las partes tienden a remitir a un juez la solución de sus conflictos, en vez de intentar solucionarlo por ellos mismos con la ayuda profesional de un mediador experimentado. Vivimos en la cultura del pleito y nos es ajena la cultura del acuerdo. Pues bien, ante la creciente litigiosidad que conlleva los tiempos difíciles que atravesamos, los retrasos debido a la acumulación de expedientes ante los tribunales, los altos costes de los pleitos se debería incrementar sensiblemente el uso de la mediación como una alternativa ágil barata y, sobre todo, que puede aportar un alto valor para las partes.

El mediador, como ya hemos indicado, no impone solución alguna y su tarea consiste en restablecer, al menos parcialmente la comunicación entre las partes, intentar, comprendiendo los recíprocos intereses, acercar posturas y colaborar en construir un acuerdo que permita superar el conflicto. Para ello es preciso experiencia, sentido común, conocimientos básicos de la materia tratada y un cierto talento negociador.

Muchas personas, o empresas, temen acudir a la mediación por cuanto la contraparte pudiera percibir una debilidad que utilizaría en su propio beneficio. Este temor es una muestra más de la cultura del litigio en la que estamos inmersos. Un viejo refrán nos advierte de que más vale un mal acuerdo que un buen pleito. Sin embargo, nuestra dinámica judicial parece empujarnos a la suicida decisión de preferir un mal pleito a un buen acuerdo. Parece que la opción del acuerdo está descartada en muchos gestores y directivos. ¿Por qué? Mi propia experiencia me dice que en la mayoría de los casos por inseguridad o temor a la contraparte. También por la desconfianza en el sistema,  por considerarla inútil o propia de pusilánimes, a pesar de que la experiencia ya nos hable de todo lo contrario.

Los gestores deben considerar el alto valor que un acuerdo les aporta frente a la alternativa del conflicto abierto en tribunales, con su alto coste, la inseguridad que crean los larguísimos plazos procesales, y las puertas cerradas y enemistades y desconfianzas a futuro que entrañan. Simplemente, por ello, el acuerdo atesora un alto valor frente al pleito. Pero hay más. Un buen acuerdo sirve para construir futuro, adaptándose  a las realidades y pretensiones de las partes, deja espacio abierto a futuras colaboraciones, puede cimentar futuro frente el simple juicio del pasado que significa el pleito. En muchas ocasiones, el acuerdo implica un altísimo valor para las partes, ignorado por pura inercia judicial y desconocimiento de los mecanismos de mediación.

Debemos ir abriéndonos a las fórmulas de solución extrajudicial de conflictos. Frente a la cultura del pleito, reivindiquemos la del acuerdo: ¡merece la pena!

 

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El conflicto como motor de nuestra historia. AUTOR: Manuel Pimentel.

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El conflicto no es una maldición. Al contrario, en muchas ocasiones es el trampolín que precisamos para ascender en nuestro camino personal o profesional. Por eso, debemos afrontarlo de una manera inteligente y abierta, por mucho dolor y tensión que nos pueda producir en primera instancia.  El conflicto es consustancial a la vida de las personas, de las empresas y de los países y tenemos que aprender a resolverlos, afrontarlos, sortearlos o evitarlos según sea su naturaleza, entidad y repercusión. Aunque la prudencia aconseja evitarlos en medida de lo posible, al final siempre terminan apareciendo en nuestro camino, hagamos lo que hagamos. Sólo los simples y los necios pueden pensar que el conflicto no llamará a su puerta jamás. A medida que ascendamos, más complejos y difíciles serán los problemas y conflictos que debamos resolver. De alguna forma, son ellos los que marcan nuestro techo de competencia.

Los conflictos siempre nos acompañan y en estos tiempos atribulados, aún más. La crisis feroz que padecemos parece multiplicar todo tipo de conflictos con su carga de tensión y dolor. Sufrimos conflictos sociales, laborales, profesionales, políticos, empresariales, societarios y de cualquier naturaleza imaginable. Agotamos gran parte de nuestra energía en intentar superarlos y los maldecimos en silencio. Sin embargo, y como veremos a continuación, en muchas ocasiones, un conflicto bien planteado y resuelto puede liberar una gran energía que nos sirva como palanca para ascender, innovar y mejorar, o como catalizador de soluciones o enfoques que en otras circunstancias jamás hubiéramos sido capaces de imaginar o de poner en marcha.

En nuestra cultura el conflicto aparece rodeado de una fuerte carga negativa, como algo parecido a un castigo que hay que evitar a toda costa. En verdad, no es así. Es cierto que el conflicto genera tensión y ansiedad, pero también lo es que suele ser antesala de cambios y de soluciones creativas. Sin conflictos ni crisis, ni la sociedad ni las empresas avanzarían.  Fue Carlos Marx el primero que concedió al conflicto una influencia determinante. Su frase “el conflicto es el motor de la historia” otorgaba al conflicto un protagonismo muy superior al que las corrientes intelectuales occidentales le concedían. El funcionalismo consideraba al conflicto como algo negativo, como un fracaso a evitar. Por eso, se estudió poco en occidente hasta que la caída del Muro de Berlín y la desactivación de la extinta URSS permitieron recuperar bajo los escombros de la ideología marxista algunos de sus principios que nos permiten comprender mejor la dinámica histórica y social.

Muchas personas se bloquean ante el conflicto, mientras que otras lo afrontan con decisión. Todos hemos tenido que enfrentarnos con conflictos de diverso tipo a lo largo de nuestra vida y sabemos por experiencia que el haberlos superado nos permitió ascender un peldaño en nuestro camino. Tras el problema y conflicto de hoy puede esconderse la felicidad y la prosperidad del mañana. Por eso, cuando elaboramos la estrategia de resolución de conflictos tenemos que pensar también en el medio plazo, lo que nos concede más visión y altura para resolver satisfactoriamente el conflicto que afrontamos. La mirada de un tercero puede ayudarnos a conseguirlo y comienza a desarrollarse en España la actividad profesional de resolución de conflictos, muy habitual en los países de economía más avanzadas, pero incipiente aún en el nuestro. Adjuntamos un cuadro en el que se confrontan las maneras de abordar el conflicto. ¿Cómo lo hace usted?

CÓMO AFRONTAR EL CONFLICTO:

MAL

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El conflicto sólo es percibido como un precipicio por el que puede despeñarse.

El conflicto sólo le genera dolor y desgarro.

Las crisis lo paralizan.

Sólo enfoca el conflicto desde el hoy.

Tiende a plantear las elecciones basándose en dilemas excluyentes: o esto o lo otro. Le consuela pensar que, al final, escogió lo menos malo.

No afronta los conflictos. Los deja pudrirse, con la esperanza de que el tiempo los solucionará.

Justifica sus fracasos responsabilizando de ellos a las dificultades insalvables que se le presentaron en el camino.

Se sorprende ante cada nuevo conflicto que lo aflige. Lo achaca a la mala suerte, a los otros, a la maldad del sistema. La culpa siempre es externa.

No se prepara ni física, ni psíquica ni intelectualmente para los previsibles conflictos que se le presentarán en su senda.

Los aborda de manera improvisada y sin conocimiento. Cree que siempre puede resolverlo por sus propios medios.

BIEN

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Un conflicto bien resuelto es el escalón más sólido para ascender.

Le motiva superar el conflicto y sabe impulsarse por la energía de su resolución.

Intenta conocer la esencia de la crisis, porque es consciente de que suele esconder antesalas de cambios y es puerta para nuevas oportunidades.

Intenta abordarlo con la mirada puesta en el mañana y lo enmarca en el argumento global de su camino. El problema de hoy puede encerrar la llave de la prosperidad del mañana.

Elude decidir bajo la presión de los dilemas impuestos. No acepta escoger entre lo malo y lo peor, e intenta explorar otras vías superadoras del juego de los dilemas.

Afronta los conflictos y se esfuerza en la solución más adecuada.

Comprende que su éxito radica precisamente en superar esas dificultades inherentes a su camino. Sabe que avanzar conlleva solucionar los problemas y conflictos cotidianos.

Sabe que el conflicto es consustancial a la existencia, por lo que no pierde el tiempo en lamentos y lo dedica a trabajar para superarlos.

Es consciente de la importancia de la formación y preparación permanentes y se aplica a ello.

Lo gestiona con la ayuda de quienes le pueden aportar experiencia y sabiduría. Recurre a profesionales, en su caso.

 

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2013 y la sabiduría del veterano. AUTOR: Manuel Pimentel.

A Paco Sepúlveda le anunciaron, de forma imprevista, su prejubilación forzosa de la empresa para la que llevaba trabajando muchos años. La lectura de la fría carta le sumió en un angustioso desconcierto. Aquella tarde temió caer en esa depresión tan frecuente en sus compañeros prejubilados; todos terminaban sintiéndose inútiles y viejos. Y pronto comenzó a experimentar síntomas preocupantes. Cuando volvió para despedirse de sus antiguos colegas, bajó la cabeza avergonzado: sintió como si llevara puesta una etiqueta de inservible en la frente. Por las noches se venía abajo. No le contaba nada a nadie. Mucho menos a su mujer, ante la que fingía una inusitada actividad, como si tuviese mil negocios que hacer, cuando en verdad se pasaba el día cavilando y paseando. A medida que pasaba el tiempo, más se entristecía. ¿Para qué servía? ¿Qué haría durante los muchos años que todavía le restaban de vida? ¿Cómo podría encontrar trabajo a su edad y en medio de la peor crisis de las últimas décadas?

Una tarde, que estaba a punto de traspasar la puerta de la depresión, se quedó en casa. No sabía qué hacer y decidió leer algún libro. Quizá pudiese encontrar algo que le animara. El azar hizo que cogiera de la estantería el famoso libro El hombre en busca de sentido en el que el psicólogo austriaco Víctor Frankl narraba su terrorífica estancia en el campo de concentración  nazi de Auschwitz. Repitió una y otra vez su principal enseñanza: sólo lograban sobrevivir aquellos que mantenían una ilusión para seguir viviendo. Los que perdían la esperanza, no tardaban en morir. Aquella lectura fue un fuerte revulsivo para el espíritu de Paco, que ya no pudo levantar la mirada del libro hasta que terminó de leerlo, bien entrada la madrugada. Con lágrimas en los ojos, escribió en un cuaderno dos frases que encontró en el libro. La primera del propio Frankl: <<la primera fuerza motivante del hombre es encontrarle un sentido a su propia vida>>. La segunda era de Nietzche. <<Quien tiene un por qué para vivir, encontrará casi siempre el cómo>>. Esa misma noche Sepúlveda comprendió que debía mantener una ilusión por vivir, que tenía que encontrar su propia misión, superar su propia crisis en medio de la crisis general.

Al día siguiente, con sus cincuenta y cinco años, tuvo claro que no estaba dispuesto a hundirse. No se dejaría abrazar por los traicioneros brazos de la derrota interior. Tras consultar a su mujer y a varios amigos, decidió trabajar como consultor senior en una asociación de ejecutivos mayores, dispuestos a aportar su experiencia a empresas jóvenes. Esperaba sentirse útil. Quizá, en el día de mañana, decidiera instalar su propia consultora.

Dicho y hecho. Se inscribió en una asociación y todos los días iba a trabajar. Al principio, casi nada le pasaba. Poco a poco, fueron entrándole casos. Una tarde, le llegó un empresario joven a pedirle consejo. Paco le oyó con interés su preocupación: “Los problemas de cada día me impiden pensar. Bancos y proveedores me aprietan. No logro levantar ni un segundo mi cabeza de los marrones que me acucian y del teléfono que me atosiga. En esas circunstancias, me es imposible reflexionar. Como el día a día me arrolla no logro marcarme objetivos ni estrategias. No sé hacia dónde debo marchar”.

Un compañero de la asociación le interrumpió en ese momento para invitarle a oír otro caso interesante que se exponía en ese preciso momento en otra sala. Sepúlveda pidió disculpas al joven empresario, prometiéndole que volvería enseguida y acudió a la llamada de su compañero. En la habitación contigua, un ejecutivo les decía: “Sé adónde quiero llegar para lograr remontar la situación de mi empresa. Puedo superar esta maldita crisis. Mi plan estratégico de empresa abarca cinco años. Dedico mucho tiempo a pensar en las nuevas demandas del futuro, pero, precisamente por todo esto, no puedo dedicarme por entero a la gestión del día a día. Sé que lo importante es marcar la dirección correcta, pero no alcanzo a abordar los problemas cotidianos. No sé cómo salir de esa espiral”.

Antes que su compañero respondiera al ejecutivo, Paco Sepúlveda llamó al empresario joven que aguardaba en la habitación de al lado. Cuando los tuvo a todos juntos, les contó una fábula que oyera mucho tiempo atrás: “Tres caminantes decidieron atravesar el desierto. El primero, con la mirada baja para no tropezar ni ser mordido por las serpientes, se desorientó pronto y se perdió enseguida. El segundo llevaba siempre la cabeza levantada siguiendo las estrellas que le marcaban el camino. No pudo ver un profundo agujero bajo sus pies, y cayó con estrépito. Sólo el tercero logró su objetivo. Marchó paso a paso, parando de vez en cuando para mirar las estrellas”.

El ejecutivo y el joven empresario se miraron entre sí. Habían comprendido sus carencias. Sólo podía progresar quien avanzaba atento a cada paso que daba, pero mirando de vez en cuando a las estrellas que le indican el camino fijado. Táctica al servicio de la estrategia. Paso corto y mirada larga, que dirían los clásicos. Paco, por vez primera en muchas semanas, se sintió plenamente feliz.

Recuerde, amigo lector, estas enseñanzas que bien le harán en la travesía de este 2013 de zozobra y desconcierto: márquese un rumbo, unas metas, unas estrategias a medio y largo plazo, y aplique su talento táctico a luchar sin desfallecimiento con las realidades cotidianas. Tanto monta, como monta tanto. Ponga la una al servicio de la otra, pero no olvide a ninguna, por favor. El talento del hacer concreto avanzando paso a paso por la ruta inteligente marcada por las estrellas de sus planes. Le irá bien. Seguro que el ejecutivo y el joven empresario lograrán superar son éxito este difícil 2013, gracias, sin duda, a su propio tesón. Pero también, y todo hay que decirlo, a la sabiduría que Paco Sepúlveda compartió con ellos. Y es que la experiencia siempre será un grado. Y no olvide que en esta sociedad del conocimiento…  ¡la sabiduría es cada día más necesaria!